Mariano Bárcena y la primera generación de químicos mexicanos
Cómo se construye una disciplina sin recursos. La química mexicana del XIX —entre el seminario de minería, los gabinetes médicos, los gobiernos cambiantes y la palabra «boticario»— y los hombres que la articularon.
Hay una idea cómoda según la cual las disciplinas científicas se trasplantan, simplemente, de un país a otro: que basta un buen catedrático, unos cuantos libros traducidos y un laboratorio razonable para que la química, por ejemplo, eche raíces. La idea es cómoda y es falsa. Una disciplina es una manera de trabajar, una manera de pensar, una manera de enseñar y una manera de pelear con la administración para que pague lo que cuesta. Cuando ese conjunto se construye desde fuera de los grandes centros, en condiciones de escasez crónica, lleva varias generaciones. La química mexicana del siglo XIX es un buen caso para entender ese trabajo.
Mariano Bárcena, en el centro de este ensayo, no es estrictamente un químico —es un mineralogista, un geólogo, un naturalista de los que la Ilustración y el positivismo decimonónico todavía consideraban un solo perfil profesional—, pero su biografía es un mirador útil sobre la generación que construyó la ciencia experimental mexicana entre la independencia y el porfiriato. Sus contemporáneos —Leopoldo Río de la Loza, Alfonso Herrera, Manuel Urbina— hicieron, cada uno desde su rincón, lo que hace falta para que un país tenga química propia: enseñar, escribir manuales, fundar instituciones, formar discípulos.
La química al despertar la república
México se independizó en 1821 con instituciones científicas precarias. El Real Seminario de Minería, fundado en 1792, había vivido sus mejores años bajo el virreinato y había sido sede de Andrés Manuel del Río, Fausto de Elhuyar y otros profesores europeos. La guerra de independencia lo dañó, no en sus muros pero sí en sus presupuestos y en su prestigio. Los profesores españoles se fueron en buena parte; los recursos para reactivos y aparatos, en parte traídos de Europa, se interrumpieron. Quedó la cátedra, quedaron los manuales —la Orictognosia de del Río se siguió usando en clase hasta bien entrada la mitad del siglo— y quedó la idea de que la química era parte del aparato técnico que un país minero debía tener. La práctica, en los años veinte y treinta, fue magra.
El otro polo institucional de la química mexicana naciente fue la medicina. La Escuela de Medicina, instalada en el Palacio de la Inquisición tras la supresión del tribunal en 1820 y reabierta como tal en 1833, incluyó la química entre sus cátedras desde el principio. La razón era práctica: la farmacia y la toxicología eran competencias médicas, y un médico que no supiera análisis de orina o identificación de venenos era un médico incompleto. La química académica mexicana, durante buena parte del XIX, fue una química al servicio de la medicina.
De ahí, en parte, la persistencia del término boticario para referirse al químico, una confusión semántica que duró décadas. En el habla común, hasta los años setenta del XIX y a veces más allá, «químico» y «farmacéutico» se confundían. El primero llevaba un laboratorio, el segundo despachaba medicamentos; pero entre la cátedra y la trastienda la frontera era porosa. Una de las tareas de la generación de Bárcena fue, precisamente, separar los oficios. No por desprecio del farmacéutico, sino porque la química experimental tenía sus propias preguntas y no podía limitarse a fabricar jarabes.
Leopoldo Río de la Loza, el primer profesional
Para entender a Bárcena conviene empezar por la generación inmediatamente anterior, la de Leopoldo Río de la Loza (1807–1876). Río de la Loza es, con razonable consenso, el primer químico profesional mexicano en sentido estricto: alguien para quien la química es la ocupación principal y no una herramienta accesoria. Se formó como farmacéutico, se hizo médico, y enseñó química durante casi cuarenta años en la Escuela de Medicina y en otras instituciones. Su trabajo cubre análisis de aguas minerales, química aplicada a la agricultura, química forense, química industrial.
Río de la Loza tiene una virtud que la historia general de la ciencia tiende a subvalorar: hizo manuales. Su Introducción al estudio de la química, publicada por entregas y compilada después, es uno de los primeros manuales mexicanos de química general escritos en castellano para el público de estudiantes locales. No es una traducción de Liebig ni de Berzelius, aunque los conoce y los cita; es un texto pensado para el contexto donde se va a usar, con ejemplos mexicanos —el agua de los manantiales del valle, las muestras minerales del país, los problemas industriales reales— en lugar de los ejemplos europeos que en otros sitios se reproducían sin pensar.
Esto es más importante de lo que parece. Una disciplina solo se localiza cuando produce sus propios materiales pedagógicos. Mientras la enseñanza se haga sobre manuales traducidos, la ciencia local sigue siendo, de hecho, una sucursal de la ciencia foránea. Río de la Loza fue de los primeros en romper esa dependencia, despacio, manual a manual.
Cuando Bárcena entra en escena, en los años sesenta del XIX, lo hace sobre el suelo que Río de la Loza, junto con otros profesores menos visibles, había preparado.
Bárcena: la biografía mínima
Mariano Bárcena nació en Ameca, Jalisco, en 1842. Pasó por el Liceo de Varones de Guadalajara y por la Escuela Nacional Preparatoria recién creada en la Ciudad de México, donde tuvo a Gabino Barreda entre sus profesores. La preparatoria de Barreda —que aplicó al currículo mexicano una versión del positivismo de Comte— fue un experimento institucional crucial: sustituyó la educación de tipo escolástico por una secuencia razonada de ciencias, de las matemáticas a la sociología, donde la química aparecía no como técnica auxiliar sino como uno de los pilares del saber moderno.
Bárcena se formó en mineralogía y geología, materias entonces inseparables de la química inorgánica analítica. En 1863 ingresó al Colegio de Minería —antes Real Seminario—, donde se especializó. A los pocos años empezó a impartir clases de mineralogía y geología en la propia preparatoria y luego en otras escuelas. Trabajó en el Observatorio Meteorológico Central, en el Museo Nacional, y participó en la Comisión Geográfico-Exploradora, una de las iniciativas más ambiciosas del estado mexicano del último tercio del XIX para cartografiar el territorio.
La biografía oficial lo presenta como un científico polifacético —y lo era—, pero la lectura más útil de su vida es la del trabajador institucional. Bárcena dedicó su carrera a hacer que las instituciones científicas mexicanas funcionasen: a colaborar en sus publicaciones, a dirigir sus departamentos, a formar a sus alumnos, a representarlas en congresos internacionales. Su producción individual es respetable; su producción colectiva, en el sentido de la red de instituciones que ayudó a sostener, es decisiva.
Lo que enseñaba, dónde, con qué
Hay un detalle del oficio docente del XIX que conviene visualizar para no romantizar la situación. La química experimental se enseñaba con muy poco. Un buen laboratorio universitario mexicano de los años setenta tenía un alambique, balanzas analíticas de marca europea con sus pesas calibradas, un par de mecheros de gas si la institución estaba conectada a la red, mecheros de alcohol si no, una colección de vidrio limitada, reactivos comprados en Europa o en Estados Unidos —cuya importación encarecía cada año—, y muestras minerales locales que servían para análisis cualitativo. Espectroscopio: a veces. Polarímetro: rara vez. Cromatografía: nada, como en todo el mundo —no existía en sentido moderno hasta principios del XX.
Con eso, la enseñanza tenía que producir químicos competentes. La forma de hacerlo fue concentrar mucho el contenido en los métodos clásicos de análisis cualitativo —los cationes y aniones identificados por reacciones específicas, las precipitaciones, las pruebas con soplete— y en la química orgánica descriptiva, donde el experimento podía sustituirse por la lectura crítica de la literatura. Los buenos estudiantes leían a Liebig, a Wöhler, a Dumas, en francés o en alemán. Los muy buenos leían las revistas Annalen der Chemie o Comptes rendus con un par de meses de retraso, cuando llegaban a las bibliotecas mexicanas por suscripción institucional.
Bárcena enseñaba en este contexto. Su Tratado de geología, publicado en 1885, es un libro de texto pensado para alumnos de preparatoria y de las escuelas técnicas. Aborda la geología sin desligarla de la mineralogía y de la química inorgánica; los capítulos sobre rocas y minerales hacen, lo que entonces era esperable, una integración de propiedades químicas que requiere un lector con cierta familiaridad con análisis cualitativo. El libro es claro, escrito con economía, y muestra a un autor consciente de que el lector no tiene a su disposición todo lo que un europeo tendría.
El Observatorio, el Museo, la Comisión
La química y las ciencias afines dependieron, en el México del último tercio del XIX, de tres tipos de institución: las escuelas (preparatoria, medicina, minería, ingeniería); los servicios estatales con vocación científica (Observatorio Meteorológico, Comisión Geográfico-Exploradora); y los museos y sociedades científicas (Museo Nacional, Sociedad Mexicana de Historia Natural, Sociedad Antonio Alzate).
Bárcena estuvo en los tres tipos. Como subdirector del Observatorio Meteorológico Central, contribuyó a la modernización del registro climático nacional. En el Museo Nacional —que entonces era a la vez de antropología, biología y geología, antes de las divisiones disciplinares posteriores— participó en la organización de las colecciones mineralógicas. Y en la Comisión Geográfico-Exploradora trabajó como geólogo durante los años ochenta, recorriendo diversas zonas del país y produciendo informes técnicos.
El detalle interesante, desde el punto de vista de la química, es que estas tres instituciones requerían trabajo analítico permanente. El Observatorio analizaba precipitaciones; el Museo, muestras minerales; la Comisión, suelos, aguas, minerales de zonas inexploradas. Mucha de la química descriptiva mexicana del XIX, la que no se publica como descubrimiento sino como informe técnico, salió de estos tres aparatos. Es una literatura gris, dispersa en boletines y memorias, que solo en las últimas décadas ha empezado a estudiarse con cuidado. La importancia de Bárcena en este flujo es la del hombre que tradujo el trabajo institucional en publicación; sin él, y sin sus pares, una buena parte de aquella química se habría perdido.
La generación que sigue: Herrera y el Instituto Médico Nacional
Alfonso Luis Herrera, hijo de Alfonso Herrera —uno de los farmacéuticos más activos de la generación de Río de la Loza— y discípulo de la cátedra que se construyó alrededor de Bárcena y sus pares, representa el cambio de siglo. Herrera fue biólogo y químico, autor de una Plasmogenia influyente —una teoría química del origen de la vida que tuvo cierto eco en su tiempo— y, sobre todo, organizador científico. Dirigió el Instituto Médico Nacional desde 1903.
El Instituto Médico Nacional, fundado en 1888, fue la institución que dio a la química aplicada mexicana un primer aparato moderno. Tenía secciones de química, de farmacología, de botánica, de geografía botánica. Su misión era aplicada: identificar plantas medicinales nacionales, determinar sus principios activos, estudiar venenos, hacer toxicología forense, dar respaldo científico a la farmacopea oficial. La Farmacopea Mexicana, que el Instituto promovió y revisó periódicamente, fue uno de los primeros corpus normativos en química aplicada del país.
Aquí se ve algo importante sobre cómo se construye una disciplina sin recursos. La química mexicana del XIX no se desarrolló por imitación de la química académica de las grandes universidades europeas, sino por especialización en problemas locales. La identificación de los principios activos de plantas mexicanas, la composición de aguas termales, el análisis de suelos para agricultura, la toxicología forense —todo eso era trabajo donde la ventaja comparativa estaba del lado mexicano: las plantas, los suelos, los venenos, las muestras estaban aquí. El esfuerzo de Bárcena, Herrera y sus pares fue, entre otras cosas, identificar esa ventaja y construir alrededor de ella una agenda de investigación viable1.
Lo que faltaba: la química orgánica de síntesis
Conviene ser honesto sobre lo que esta generación no consiguió hacer y no podía conseguir. La química orgánica de síntesis —la disciplina que en Alemania, en el último tercio del XIX, transformó la ciencia y, con ella, la industria de tintes, fármacos y explosivos— no echó raíces en México en ese momento. La razón no es de talento sino de infraestructura: la química de síntesis exige reactivos puros, muchos disolventes, instrumentos crecientemente caros, una industria química local que provea materiales, una comunidad de practicantes lo suficientemente densa como para que la conversación técnica sea viable. México no tuvo nada de eso hasta bien entrado el siglo XX.
Lo que tuvo, en cambio, fue una química descriptiva, analítica y aplicada de muy buena calidad, sostenida en redes institucionales razonables, con manuales propios y publicación regular. Cuando, después de la Revolución, el estado mexicano emprende la reconstrucción de su sistema científico —la fundación de la UNAM en su forma moderna en 1910, las escuelas profesionales, la Universidad Obrera, más adelante el IPN en 1936—, la química se beneficia del andamiaje que Bárcena y los suyos habían dejado. La continuidad institucional no es fácil de ver desde fuera, pero existe: los profesores de la UNAM en los años veinte habían sido alumnos de quienes habían sido alumnos de Río de la Loza.
Una nota sobre las redes científicas hispanoamericanas
Bárcena no trabajó aislado. Hubo, durante todo el XIX, una red científica iberoamericana que se sostuvo a pesar de las distancias. Los profesores mexicanos correspondían con químicos cubanos, argentinos, chilenos, colombianos, españoles. La Revista Médica Hispanoamericana, las publicaciones de la Sociedad Antonio Alzate, los anuarios de los institutos de medicina, todos circularon más allá de las fronteras nacionales. Hubo congresos panamericanos, intercambios de muestras, traducciones de manuales españoles para uso latinoamericano y, viceversa, manuales latinoamericanos consultados en España.
Esta red era frágil pero real. Su existencia explica por qué, cuando uno empieza a leer la química mexicana del XIX, encuentra constantemente referencias a colegas en La Habana, en Buenos Aires, en Bogotá. La idea de que cada república hispanoamericana hizo su ciencia en aislamiento es retrospectiva: la realidad fue una red incompleta pero activa, de la que Bárcena era uno de los nodos.
Cómo se construye una disciplina sin recursos
Volvamos a la pregunta inicial. ¿Cómo se construye una disciplina sin recursos? La respuesta, leída a través de Bárcena y su generación, tiene partes que se repiten en cualquier proceso parecido —el de la química rusa de fines del XIX, el de la química japonesa, el de varias químicas africanas y asiáticas del XX—.
Primero, hace falta un grupo de personas que tomen como tarea principal la enseñanza, durante décadas, sin pretender que la enseñanza compita con la investigación original. La investigación llega después, cuando hay alumnos. La enseñanza es el trabajo fundacional. Río de la Loza, que enseñó química durante cuarenta años en la Escuela de Medicina, hizo el trabajo más importante de la química mexicana del XIX sin haber publicado un descubrimiento de los que entran en libros internacionales.
Segundo, hace falta que ese grupo escriba, en el idioma local, los materiales pedagógicos que la disciplina requiere. Mientras los manuales son traducidos, la disciplina es subsidiaria; cuando son originales —aunque sean derivados de los europeos en su contenido—, la disciplina tiene voz propia. Bárcena y sus pares produjeron tratados, compendios, artículos de divulgación, conferencias publicadas. La cantidad importa más que la originalidad de cada pieza.
Tercero, hace falta un acuerdo informal —pero firme— sobre qué problemas locales son legítimamente científicos y, por tanto, dignos de trabajo experimental. La química mexicana del XIX decidió, casi sin discutirlo, que el agua mineral, las plantas medicinales, los suelos agrícolas, los minerales nacionales y las cuestiones forenses eran su agenda. Esa decisión fue, simultáneamente, una decisión de qué sería la química mexicana y de qué no sería.
Cuarto, hace falta una estructura institucional mínima que permita financiar el trabajo. No hace falta que sea generosa; basta con que sea estable. El Observatorio Meteorológico, el Museo Nacional, la Comisión Geográfico-Exploradora, el Instituto Médico Nacional fueron, durante el porfiriato, esa estructura. La precariedad presupuestaria fue crónica; la continuidad fue suficiente. Eso bastó.
Quinto, y quizá menos visible, hace falta una conversación social sobre la diferencia entre el químico y el boticario, entre el científico y el técnico, entre la ciencia y el arte. Bárcena y sus pares la libraron despacio. La palabra «químico», cuando uno la lee en periódicos mexicanos de los años cincuenta del XIX, todavía oscila entre el experto en laboratorio y el dueño de una farmacia. Cuando uno la lee en periódicos de los años noventa, ya designa un profesional con una identidad propia. Esa transformación semántica no se dio sola; fue trabajo cultural, hecho a pulso.
Coda: Bárcena en perspectiva
Bárcena murió en 1899. La química mexicana que dejó atrás era una disciplina viable, aunque pequeña, integrada en una red de instituciones nacionales con una agenda propia. Veinte años después, la Revolución desbarataría una parte de ese sistema y forzaría su reconstrucción; cincuenta años después, la química mexicana habría producido sus primeros grupos de síntesis, sus primeras tesis doctorales en el país, sus primeras patentes industriales. Cien años después —cien años, no más—, México tiene química orgánica de síntesis competitiva a nivel internacional, una industria farmacéutica significativa, programas de doctorado consolidados, presencia regular en revistas internacionales.
El árbol genealógico que va de Río de la Loza a Bárcena, de Bárcena a Herrera, de Herrera a la UNAM moderna, no es metafórico. Es una cadena de aulas y de cuadernos, de exámenes calificados y de tesis dirigidas, de instrumentos heredados y de papeles publicados. La química mexicana, como cualquier disciplina, es esa cadena. Bárcena no es su personaje más importante ni su más original. Es, probablemente, el que mejor ilustra el tipo de trabajo que hace falta para que una disciplina exista en un país que no tiene, todavía, los recursos para sostenerla. Trabajo lento, institucional, repetitivo, paciente, escasamente espectacular, casi siempre invisible. Sin él, los descubrimientos de las generaciones siguientes no tendrían dónde aterrizar.
Releer a Bárcena es leer la historia de cómo se hizo posible la química que hoy se practica en México. La biografía individual importa menos que la red. Pero las redes están hechas de personas; y entre ellas, Mariano Bárcena fue una de las más laboriosas, una de las más prolíficas y, durante muchos años, una de las menos reconocidas fuera de los círculos especializados. Vale la pena nombrarlo.
Notas
- La identificación temprana de principios activos de plantas mexicanas —el chicalote, la barbasco, el tepescohuite, la cabeza de negro como fuente de diosgenina, en el siglo XX ya con Marker y Syntex— es continuación directa de esa agenda decimonónica. La química de esteroides mexicana, que en los años cuarenta del XX hizo posible la píldora anticonceptiva moderna, no nació de la nada; nació de un siglo de catalogación química de la flora mexicana hecho, por personas como Herrera, en condiciones difíciles. ↩