Syntex y la edad de oro de la química mexicana
Veinticinco años en los que Syntex, en la Ciudad de México, dominó la química mundial de los esteroides. Cómo se construye un grupo de calibre internacional desde la nada y por qué se desmonta cuando el contexto cambia.
Cuando Russell Marker se fue de Syntex en mayo de 1945, la empresa parecía moribunda. Tenía la patente de la degradación del barbasco, sí, pero el químico que la conocía se había llevado las libretas, y los socios fundadores —Somlo y Lehmann— eran empresarios sin formación química profunda. Lo que pasó en los siguientes veinticinco años es uno de los casos más interesantes del siglo XX en historia de la química industrial: cómo un grupo, partiendo casi de cero, se convirtió en líder mundial en un área entera de la química orgánica.
Los químicos clave
El primer químico que Somlo contrató tras la salida de Marker fue George Rosenkranz, un húngaro joven que había hecho su doctorado en el ETH de Zúrich con Ruzicka, premio Nobel de química en 1939 por sus trabajos sobre terpenos y esteroides. Rosenkranz tenía formación técnica de primer nivel y, lo que en 1945 importaba más, había leído todos los trabajos publicados de Marker y podía reconstruir la degradación. La reconstruyó. Para 1947, Syntex producía progesterona en cantidad industrial sin Marker.
El segundo químico clave fue Carl Djerassi, austriaco-estadounidense, que llegó a Syntex en 1949 procedente de CIBA. Djerassi era un químico joven, ambicioso, con sensibilidad por la química académica más que por la pura ingeniería de procesos. Bajo su dirección, el laboratorio de Syntex se transformó: pasó de ser una operación industrial centrada en optimización de procesos conocidos a un centro de investigación que producía nuevos compuestos esteroideos sintetizados por primera vez.
El tercer químico —y el que el público mexicano recuerda mejor— fue Luis Miramontes, estudiante de la UNAM que entró a Syntex como tesista en 1950 y que ejecutó la última etapa de la síntesis de noretisterona en octubre de 1951. La noretisterona, primer progestágeno oralmente activo, fue la base de la primera píldora anticonceptiva oral. La patente del compuesto, de 1951, lleva los tres nombres: Djerassi, Miramontes, Rosenkranz.
Junto a ellos había una nómina más larga: Alejandro Zaffaroni, que después se llevaría parte del personal a fundar Alza Corporation; Howard Ringold; Esperanza Velasco; Pem Pem Cheng. Y, durante los años cincuenta y sesenta, decenas de mexicanos formados en la UNAM y el IPN que pasaron por Syntex como tesistas o como químicos a tiempo completo.
La cortisona
Si la noretisterona fue el éxito comercial mediático más visible de Syntex, la cortisona fue el éxito técnico. La cortisona —descubierta como producto natural de las glándulas suprarrenales por Kendall en los años cuarenta y demostrada como tratamiento eficaz contra la artritis reumatoide en 1948— era, en 1950, uno de los compuestos más buscados del mundo. La síntesis original, de Sarett en Merck, requería treinta y siete pasos sintéticos partiendo del ácido desoxicólico de la bilis bovina. El precio rondaba doscientos dólares por gramo.
Syntex, partiendo de la diosgenina del barbasco mexicano, redujo la síntesis a quince pasos y bajó el precio en orden de magnitud. La hazaña técnica —publicada en una serie de artículos entre 1950 y 1953— le dio a Syntex su primera reputación académica internacional sólida. Hasta entonces, Syntex era una empresa interesante; después, Syntex era un grupo de química académica que además fabricaba.
El laboratorio en Lerma
Syntex se trasladó en los años cincuenta a una instalación nueva en Lerma, Estado de México, que combinaba planta industrial y laboratorio de investigación. La planta producía decenas de toneladas anuales de hormonas esteroideas; el laboratorio publicaba en JACS y en Helvetica Chimica Acta. La combinación era inusual en el mundo y prácticamente única en Latinoamérica.
Durante los años cincuenta y sesenta, Syntex desarrolló decenas de fármacos esteroideos: corticoides, anabólicos, anticonceptivos en combinaciones distintas, glucocorticoides modificados. Las patentes se acumularon. La empresa se consolidó financieramente. El laboratorio se hizo internacionalmente respetado: cualquier químico de esteroides del mundo de la época leía los Syntex Papers como literatura de referencia.
Al mismo tiempo, los químicos mexicanos formados en Syntex empezaron a llenar las facultades de química de la UNAM y del IPN. Octavio Mancera, Pedro Lehmann (hijo del fundador), Joaquín Tamargo, Luis Maldonado, decenas más, terminaron como profesores universitarios o como investigadores en otras empresas. La diáspora interna fue parte del legado: la generación que aprendió química esteroide en Syntex enseñó química orgánica avanzada durante los siguientes treinta años en universidades mexicanas.
El traslado y el final
Hacia mediados de los años sesenta, Syntex tomó la decisión de trasladar su sede principal a Estados Unidos. La razón oficial fue el acceso a mercados estadounidenses; la razón menos oficial era la creciente regulación mexicana de la exportación de barbasco y de la operación de empresas extranjeras. El laboratorio de investigación principal se trasladó a Palo Alto, California; la operación mexicana quedó como planta industrial subordinada.
Syntex Palo Alto siguió siendo un laboratorio importante hasta que la empresa fue adquirida por Roche en 1994. La operación mexicana, sin la investigación, se redujo a las funciones de planta. Las patentes de los grandes éxitos —noretisterona, cortisona barata— habían caducado. La industria farmacéutica mundial se había movido a esteroides hechos por síntesis total desde precursores petroquímicos, y la diosgenina del barbasco perdió ventaja competitiva. Para los años ochenta, la era del barbasco mexicano había terminado.
Lo que queda
La pregunta interesante es qué queda de aquello. La respuesta, en el sentido económico, es poco: la industria farmacéutica mexicana de los esteroides ha desaparecido prácticamente. En el sentido cultural y académico, en cambio, queda mucho. La química orgánica que se enseña en la UNAM, el IPN y otras facultades mexicanas tiene un sesgo histórico hacia la química de productos naturales y, particularmente, hacia los esteroides. Los grupos de investigación de buena parte del país siguen, dos generaciones después, trabajando en áreas que vienen de la tradición Syntex.
La existencia de Syntex demostró, durante un cuarto de siglo, que se podía hacer química industrial de talla mundial fuera de los grandes centros académicos tradicionales. La demostración fue empírica y duradera. Cualquier conversación sobre desarrollo científico en países semiperiféricos termina, antes o después, citando a Syntex como el caso de éxito que requiere ser explicado. La lección, vista en retrospectiva, no es que se replique fácilmente —combinaciones de tipo Marker-Rosenkranz-Djerassi son raras— sino que el desarrollo científico, cuando ocurre, requiere personas concretas en lugares concretos en tiempos concretos. La historia se hace en bancos de laboratorio.
Coda
Hay una imagen que recoge bien el momento. Octubre de 1951, calle Jesús María, Ciudad de México. Miramontes está en el banco trabajando hacia el final de su tesis. La ventana del laboratorio da a una calle ruidosa del centro histórico. En el balón hay acetiluro de litio en amoniaco líquido a -33 °C; la reacción burbujea suavemente. Si funciona, va a salir el primer progestágeno oralmente activo del mundo. Si no funciona, hay que volver a empezar. Funciona. La pildora anticonceptiva oral que define el siglo XX, en parte significativa, sale del balón frío en una calle del centro de México una tarde de octubre. Vale la pena saberlo.