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Releer a Primo Levi como químico

Primo Levi escribió como químico antes que como sobreviviente y como sobreviviente sin dejar de ser químico. Una relectura de El sistema periódico desde el banco de laboratorio.

Hay dos maneras de leer a Primo Levi y se confunden a menudo. La primera, predominante, es leerlo como testigo del Holocausto: Si esto es un hombre, La tregua, Los hundidos y los salvados. La obra que justifica su lugar en el canon literario del siglo XX. La segunda, menos hecha pero igualmente justificada, es leerlo como químico que escribió. El sistema periódico, La llave estrella, partes de La búsqueda de las raíces. Para un químico, la segunda lectura ofrece algo que ningún otro escritor del siglo XX dio: la prosa de un practicante competente del oficio que escribe sobre lo que el oficio le enseñó.

Levi se formó en química en la Universidad de Turín entre 1937 y 1941, terminando con honores en plena legislación racial fascista que ya restringía a los judíos italianos. Trabajó como químico industrial durante casi toda su vida adulta —en una fábrica suiza de pinturas en plena guerra, después de Auschwitz en SIVA, una empresa de barnices italianos donde fue director técnico durante tres décadas—. La química no era para él una vocación abandonada por la literatura: fue su trabajo central durante cuarenta años, y su literatura se construyó alrededor del banco de laboratorio.

El sistema periódico

El libro más explícitamente químico de Levi es Il sistema periodico, publicado en 1975. La estructura es elegante: veintiún capítulos, cada uno asociado a un elemento químico —argón, hidrógeno, zinc, hierro, potasio, etc.—. Cada capítulo cuenta una historia de la vida de Levi conectada con el elemento correspondiente.

Lo que hace el libro extraordinario para un lector químico es que las descripciones del trabajo de laboratorio son precisas, no metafóricas. Cuando Levi describe un análisis electrolítico, una destilación, una purificación, lo describe con la exactitud de quien lo ha hecho cientos de veces. El capítulo «Cromo» —donde explica cómo, en una empresa de pinturas italiana de los años cincuenta, se descubrió la causa de una serie de barnices que se gelificaban inexplicablemente— es probablemente la mejor descripción literaria del oficio de químico industrial que existe en cualquier idioma. La causa, una receta antigua que llevaba años aplicándose sin entender, era una neutralización de cloruro de amonio que ya no era necesaria en la producción moderna pero que nadie había cuestionado. La detective work química está descrita paso a paso.

El capítulo «Plomo» es una historia ficticia ambientada en la antigüedad clásica donde un metalúrgico itinerante busca minerales de plomo para sus aleaciones; el capítulo «Mercurio» es otra ficción, sobre dos náufragos en una isla volcánica que descubren mercurio nativo. Levi insertaba ficción y autobiografía con criterio claro: cuando la química real se prestaba al relato autobiográfico, lo escribía; cuando no, inventaba.

La llave estrella

Si El sistema periódico es un libro de químico, La chiave a stella (1978) es un libro sobre el oficio en general. El protagonista, Faussone, es un montador industrial italiano que viaja por el mundo construyendo torres, gruas, estructuras complejas. Levi, como narrador, conversa con él en una serie de noches de cervezas y le sonsaca historias de fracasos y éxitos de su oficio.

El libro no es de química pero es profundamente sobre lo que Levi entendió de la química: el oficio como manera de mirar. Faussone explica cómo se diagnostica un fallo en una soldadura, cómo se decide cuándo una estructura está bien atornillada, cómo se reconoce a un ayudante competente. Las páginas resuenan para cualquier químico de banco: la diferencia entre el operario que sabe y el que ejecuta sin saber. Levi escribió una de las pocas defensas literarias serias del oficio técnico, sin romanticismo y sin desprecio.

La traducción del libro al castellano —La llave estrella— es de los años ochenta y se encuentra en bibliotecas. La italiana, donde el texto original juega con el dialecto piamontés que Faussone usa, lleva una capa de regionalismo que la traducción no captura. Vale la pena leerlo en italiano si se sabe; en castellano si no.

El estilo

Hay rasgos del estilo de Levi que deberían influir más a químicos que escriben que a cualquier otro grupo. Algunas observaciones.

Levi escribe frases cortas. Su prosa, especialmente en la traducción italiana original, prefiere la subordinada económica a la principal larga. La precisión que la química exige se transfiere a la prosa: una observación se hace, se cierra y se pasa a la siguiente.

Levi nombra. Cuando un compuesto importa, lo nombra; cuando un proceso importa, lo describe; cuando una hipótesis importa, la formula. La prosa narrativa contemporánea suele evitar el lenguaje técnico como si fuera incompatible con la literatura. Levi demuestra lo contrario: el cromo se llama cromo, la cromatografía se llama cromatografía, y la prosa no se debilita por ello. Al contrario.

Levi se abstiene del adjetivo decorativo. La economía de la prosa técnica —donde un adjetivo innecesario distorsiona la información— se traslada a la prosa literaria. Cuando un adjetivo aparece en Levi, está cargando información, no decorando.

Levi usa la observación como motor narrativo. Sus historias avanzan a partir de algo que un personaje observa —un color inesperado, un olor extraño, un comportamiento físico inusual— y construye desde ahí. Es la estructura del cuento detectivesco aplicada al laboratorio: el problema técnico como enigma a resolver. Esta estructura es enseñable: químicos que quieren escribir pueden imitarla.

Lo que Levi enseña

Hay una lección amplia que Levi articula y que vale la pena dejar dicha. La química, para él, era una manera de pensar. Una manera de pensar que excluye ciertos errores —generalización apresurada sin datos, confianza en autoridad sin verificación, satisfacción con explicaciones inacabadas— y que privilegia ciertas virtudes —observación cuidadosa, distinción entre lo que se sabe y lo que se asume, paciencia con el detalle—. Esa manera de pensar no se queda en el laboratorio: se transfiere a la lectura, a la conversación, a la política, al testimonio.

Cuando Levi escribió Si esto es un hombre describiendo su tiempo en Auschwitz, escribió como químico: con la precisión taxonómica de quien clasifica, con la economía de quien sabe que el detalle gratuito distrae, con la honestidad sobre lo que sabe y lo que infiere. Esa disciplina de pensar como químico fue, según ha sostenido más de un crítico, una de las razones por las que su testimonio fue tan eficaz. La química, lejos de ser un detalle biográfico de Levi, fue lo que le dio la herramienta intelectual para escribir sobre lo que escribió.

Para un químico que sienta tentación de escribir, Levi es el ejemplo del que más se aprende. No por imitación temática —escribir sobre química como él— sino por imitación estilística: la frase corta, el dato preciso, la observación como motor, la honestidad sobre la frontera entre saber y suponer. Esas virtudes son tan útiles fuera del laboratorio como dentro. Quien las cultiva, sea químico o no, escribe mejor.

Coda

Primo Levi se suicidó en abril de 1987 en Turín, dejando una obra que sigue creciendo en lectores cuarenta años después. La interpretación de su muerte —si fue suicidio o accidente, si tuvo razones específicas o una depresión larga— ha sido objeto de discusión. Lo que no admite discusión es la calidad de lo que escribió. Para químicos, releer a Levi es redescubrir que el oficio puede transformarse en literatura sin perder ni una propiedad de cada lado. Es uno de los pocos modelos disponibles en la cultura occidental moderna de un químico que escribió como químico y al hacerlo se convirtió en uno de los grandes prosistas de su generación. La doble lectura está disponible. Vale la pena hacerla.