Qué es la iatroquímica: de Paracelso a la farmacología
Iatroquímica es la palabra que la historia de la medicina usa para el siglo y medio en que la química intentó explicar el cuerpo y curarlo con minerales. Empezó con Paracelso, escandalizó a las facultades y terminó convertida en farmacología.
La palabra es griega y transparente: iatrós, médico; chymeía, química. Iatroquímica es, literalmente, la química al servicio del médico. En palabras simples: la idea de que las enfermedades tienen causas químicas y se curan con sustancias químicas concretas —sales, minerales, preparaciones destiladas—, y no restableciendo un equilibrio abstracto entre los humores del cuerpo. Hoy la idea parece obvia porque es la base de la farmacología. En 1530 era una herejía médica, y quien la formuló con más ruido fue Paracelso.
Conviene separar dos cosas que la palabra junta. La iatroquímica fue, primero, una práctica: preparar y recetar remedios químicos. Fue, después, una teoría: explicar la fisiología entera —digestión, fiebre, fermentación de la sangre— en términos de ácidos, álcalis y efervescencias. La práctica sobrevivió y se convirtió en la farmacia moderna. La teoría se agotó hacia 1700 y fue reemplazada. Este texto trata las dos.
Antes: la medicina de los humores
La medicina europea que Paracelso encontró era galénica. Galeno, en el siglo II, había sistematizado la doctrina hipocrática de los cuatro humores —sangre, flema, bilis amarilla, bilis negra— y de sus cualidades —caliente, frío, húmedo, seco—. La enfermedad era desequilibrio; el tratamiento, restablecer el equilibrio por contrarios: sangrar al pletórico, calentar al frío, purgar al que tenía exceso de bilis. Los remedios eran casi todos vegetales, clasificados por sus cualidades, y se combinaban en preparaciones de docenas de ingredientes —la triaca, con más de sesenta— cuya lógica era de compensación, no de acción específica.
El sistema tenía coherencia interna, mil trescientos años de comentarios y el respaldo de las universidades. Lo que no tenía era manera de incorporar una observación como esta: que el mercurio, aplicado en ungüento, hace remitir las úlceras de la sífilis. La sífilis apareció en Europa en 1494 y no encajaba en ningún humor. Los remedios químicos entraron por esa grieta.
Paracelso propicia el advenimiento de la iatroquímica
Lo que Paracelso hizo, entre 1520 y 1541, fue dar a esa práctica un fundamento y un programa. El fundamento: el cuerpo es un sistema químico; en él opera un principio —el archeus— que separa lo útil de lo inútil, como un alquimista en su laboratorio, y la enfermedad ocurre cuando esa separación falla y una sustancia se deposita donde no debe (el tártaro en los riñones, la sílice en los pulmones del minero). El programa: si la enfermedad es un agente químico localizado, el remedio es otro agente químico que actúe sobre él, preparado por el médico con las técnicas del alquimista —destilación, calcinación, sublimación— para aislar lo activo (la quintaesencia) y desechar lo inerte o lo tóxico.
De ahí salen tres cosas que la medicina no tenía. Primero, remedios minerales en la farmacopea: mercurio, antimonio, hierro, plomo, arsénico, sales de cobre, preparados en dosis medidas. Segundo, la idea del específico: un remedio para una enfermedad, no una fórmula para un desequilibrio. Tercero, la idea de que la preparación química importa: que un mineral crudo y su sal purificada no son lo mismo. La frase sobre la dosis, que hoy se cita más que ninguna otra, es la defensa de este programa frente a la objeción obvia de que se estaba recetando veneno; su historia está contada aparte en «La dosis hace el veneno».
Los paracelsistas y la guerra del antimonio
Paracelso murió en 1541 dejando manuscritos dispersos y ningún discípulo formal. La iatroquímica como movimiento la construyeron otros, a partir de 1560, cuando empezaron a imprimirse sus obras. Petrus Severinus, médico danés, publicó en 1571 la Idea medicinae philosophicae, la primera exposición ordenada del sistema, que hizo legible a Paracelso para lectores universitarios. Joseph Duchesne (Quercetanus) y Theodore de Mayerne lo llevaron a la corte francesa; Oswald Croll publicó en 1609 la Basilica chymica, manual de preparaciones químicas que fue el vademécum del médico químico durante medio siglo. En España, Llorenç Coçar defendió en 1589 en Valencia los remedios químicos, y en 1591 Felipe II creó para él la primera cátedra de medicamentos químicos de Europa, en la Universidad de Valencia —una fecha temprana que la historiografía en castellano suele reivindicar y la europea suele omitir.
La resistencia fue proporcional. La Facultad de Medicina de París prohibió en 1566 el antimonio como veneno y en 1603-1607 se enfrentó a los paracelsistas de la corte en una guerra de panfletos. La llamada «guerra del antimonio» duró cien años y se resolvió por un accidente de poder, no de ciencia: en 1658 Luis XIV, enfermo de tifus en Calais, fue tratado con vino emético —antimonio— y sobrevivió; en 1666 la facultad revocó la prohibición. El antimonio entró en la farmacopea oficial por decreto.
Van Helmont y Sylvius: la iatroquímica como fisiología
La segunda fase es más ambiciosa y más equivocada. Jan Baptista van Helmont (1579-1644), noble flamenco, rechazó buena parte de la mística paracelsiana pero conservó el proyecto: explicar el cuerpo químicamente. Describió la digestión como una serie de fermentaciones gobernadas por «fermentos» específicos —la palabra enzima, dos siglos después, recoge esa intuición—, identificó el ácido del estómago y su neutralización por la bilis, y acuñó la palabra gas para los aires que no eran aire. Es el primer químico experimental que trabajó sobre el cuerpo, y el puente entre Paracelso y Boyle.
Franciscus Sylvius (1614-1672), en Leiden, convirtió todo eso en un sistema cerrado: la fisiología como química de ácidos y álcalis, la enfermedad como acidez o alcalinidad excesiva de los humores, el tratamiento como neutralización. Era elegante, enseñable y falso, y dominó las facultades holandesas y alemanas durante una generación. Thomas Willis, en Oxford, hizo algo parecido con la fermentación. Hacia 1700 la iatroquímica sistemática se había vuelto tan especulativa como el galenismo que había desplazado, y fue desplazada a su vez por la iatromecánica —el cuerpo como máquina— y luego por la síntesis ecléctica de Boerhaave.
Lo que quedó: la farmacología
Lo que no desapareció fue la práctica. Cuando la iatroquímica dejó de ser una teoría del cuerpo, sus remedios ya estaban en las farmacopeas: la Pharmacopoeia Londinensis de 1618 incluye una sección de preparaciones químicas junto a las galénicas, y a partir de ahí la proporción no hizo más que crecer. El boticario del siglo XVIII era, en la práctica, un químico. La cátedra de «química médica» —la que Orfila ocupó en París en 1819— es la heredera directa de la de Valencia de 1591. Y la farmacología del XIX, cuando aisló la morfina (1804), la quinina (1820) y la cafeína (1819), estaba ejecutando el programa paracelsiano con mejores herramientas: aislar el principio activo, dosificarlo, asignarlo a una indicación.
Por eso a Paracelso se le llama, con una mezcla de justicia e inexactitud, padre de la farmacología. Inexactitud, porque la farmacología como ciencia —receptores, curvas dosis-respuesta, ensayos clínicos— es de Buchheim, Schmiedeberg y Ehrlich, entre 1850 y 1910. Justicia, porque la pregunta que esa ciencia responde —qué sustancia hace qué en el cuerpo, en qué cantidad— la formuló él contra todo el sistema médico de su tiempo.
Coda
La iatroquímica es un buen ejemplo de cómo progresa una ciencia aplicada: no porque una teoría correcta reemplace a una incorrecta, sino porque una práctica útil sobrevive a la teoría que la justificaba. Los ácidos y álcalis de Sylvius no explicaban nada; el mercurio para la sífilis funcionaba —mal, pero funcionaba— y siguió recetándose hasta el Salvarsán de Ehrlich en 1910. La química entró en la medicina por la puerta del taller, no por la de la universidad. Tardó tres siglos en que la universidad lo reconociera.