El barbasco: la cadena productiva de los esteroides mexicanos
Durante treinta años, buena parte de las hormonas del mundo salió de una raíz silvestre del sureste mexicano. Campesino, acopiador, planta de beneficio, laboratorio, fábrica farmacéutica: la cadena completa, eslabón por eslabón, y por qué se rompió.
Entre 1945 y 1975, la materia prima de la mayor parte de la progesterona, la cortisona y los anticonceptivos orales del mundo fue un tubérculo silvestre que crecía en las selvas de Veracruz, Oaxaca, Chiapas y Tabasco, y que la gente del campo llamaba barbasco o cabeza de negro. La historia de Russell Marker, que descubrió cómo convertirlo en hormonas, y la de Syntex, que hizo de ese descubrimiento una industria, están contadas aparte. Este texto sigue la raíz: de la tierra al frasco, eslabón por eslabón.
La planta
Barbasco es nombre común, no botánico, y en México se aplica a varias especies del género Dioscorea, plantas trepadoras emparentadas con el ñame. Las dos que importaron para la industria fueron Dioscorea mexicana —la cabeza de negro que Marker encontró en Veracruz en 1942— y, sobre todo, Dioscorea composita, más abundante y con mayor contenido de diosgenina, que fue la especie dominante a partir de los años cincuenta. Lo que interesa está bajo tierra: un rizoma grande, leñoso, de hasta varios kilos, que acumula saponinas esteroideas. La principal es la dioscina, cuya parte no azucarada —la aglicona— es la diosgenina, una molécula de veintisiete carbonos con el esqueleto esteroidal completo. En rizoma seco, la diosgenina ronda entre el 4 y el 6 %, según especie, edad y suelo.
El barbasco no se cultivó nunca a escala. Todos los intentos de plantación fracasaron por el tiempo de maduración —el rizoma necesita entre tres y seis años para acumular saponina suficiente— y por los rendimientos, siempre inferiores a los de la recolección silvestre. La industria entera dependió de la selva.
El campo: los barbasqueros
El primer eslabón eran los campesinos, decenas de miles en el mejor momento, que salían con machete y coa a buscar la planta, seguían el bejuco hasta el suelo y excavaban el rizoma. Era trabajo de temporada —después de la milpa— y pagado por peso de raíz fresca, a precios que los propios recolectores no fijaban. Un barbasquero podía sacar entre cincuenta y cien kilos al día en zona buena; el precio, durante los años sesenta, rondaba unos céntimos de peso por kilo. La recolección era además destructiva: se arrancaba la planta entera y la regeneración natural no seguía el ritmo. Para los años setenta, en las zonas de Veracruz donde Marker había empezado, el barbasco ya escaseaba, y la frontera de recolección se había desplazado hacia Oaxaca y Chiapas.
El beneficio: de rizoma a harina
El rizoma fresco es agua en un ochenta por ciento y se pudre en días. El segundo eslabón, las plantas de beneficio —instalaciones rudimentarias en cabeceras municipales como Tuxtepec, en Oaxaca, o Catemaco y Papantla, en Veracruz—, lo estabilizaban. El proceso: lavar, trocear, dejar fermentar en montones húmedos durante dos o tres días —una fermentación espontánea que hidroliza parte de la dioscina y facilita la extracción posterior— y secar al sol sobre patios de cemento. El resultado era una harina parda que ya podía almacenarse y transportarse. Los acopiadores que operaban estas plantas eran el intermediario clásico: compraban al campesino, vendían a la industria, y se quedaban con una parte del margen que la historiografía posterior discutiría mucho.
La extracción: de harina a diosgenina
El tercer eslabón ya es química industrial. La harina de barbasco se trata con ácido mineral diluido en caliente —hidrólisis ácida—, que rompe el enlace glucosídico de la saponina y libera la diosgenina, insoluble en agua. El sólido se filtra, se seca y se extrae con un hidrocarburo —hexano o heptano— en el que la diosgenina sí se disuelve. La evaporación del disolvente y una o dos cristalizaciones dan diosgenina de pureza técnica. De una tonelada de rizoma fresco salían, en cifras redondas, unos diez kilos de diosgenina. Las plantas extractoras estaban en Orizaba, en Tuxtepec, en la Ciudad de México; las principales pertenecían a Syntex, a Diosynth, a Beisa, a Searle de México y a las filiales mexicanas de Schering y Ciba.
La degradación: de diosgenina a hormona
El cuarto eslabón es la degradación de Marker, en su forma industrial. La diosgenina se calienta con anhídrido acético a presión, lo que abre el anillo espiroquetal de la cadena lateral; el producto se oxida con trióxido de cromo y se somete a una eliminación térmica que corta lo que queda de la cadena. El intermedio clave es el acetato de 16-deshidropregnenolona —16-DPA, en la jerga de la industria—, una molécula de veintiún carbonos que es la puerta de entrada a todo lo demás: hidrogenada y oxidada da progesterona; con más pasos, cortisona e hidrocortisona; por otra ruta, los intermedios androstánicos que en 1951 llevaron a la noretisterona. La transformación de barbasco en 16-DPA se hacía en México; la conversión de 16-DPA en producto acabado, cada vez más, fuera.
La fábrica farmacéutica y el frasco
El último eslabón —formulación, comprimido, envase, distribución— casi nunca estuvo en México. La cortisona de Syntex se vendía a granel a las farmacéuticas estadounidenses; la noretisterona se licenció a Parke-Davis y a Ortho; el anticonceptivo llegó al mercado mexicano importado y con marca extranjera. Ahí estaba la asimetría de la cadena: en el campo se generaba la materia prima, en Orizaba la hormona, y el valor añadido final —y el precio final— se fijaba en otra parte. En los años sesenta México producía la mayor parte de los esteroides básicos del mundo y compraba sus medicamentos esteroideos a precio de importación.
Proquivemex y el fin de la cadena
En 1975 el gobierno de Luis Echeverría intentó corregir esa asimetría creando Proquivemex —Productos Químicos Vegetales Mexicanos—, una empresa estatal con el mandato de comprar todo el barbasco directamente a los campesinos, organizados en uniones de ejidos, y vendérselo a las transnacionales a un precio que se multiplicó por varios de la noche a la mañana. El conflicto fue inmediato y duró años: las empresas redujeron compras, buscaron materias primas alternativas y acusaron al Estado de expropiación encubierta; el Estado acusó a las empresas de décadas de explotación. Proquivemex montó su propia planta de extracción y llegó a producir diosgenina y 16-DPA, pero nunca tuvo la capacidad de convertirlos en medicamentos acabados ni el mercado para colocarlos.
Lo que acabó con la cadena, más que el conflicto, fue la química. Desde los años sesenta existían rutas alternativas a las hormonas que no pasaban por el barbasco: a partir de la hecogenina del sisal, en África oriental; a partir del estigmasterol de la soja, en Estados Unidos; a partir de los fitosteroles residuales del aceite de soja, degradados por fermentación microbiana, que hacia 1980 eran ya más baratos que cualquier saponina vegetal. Syntex se había ido trasladando a Palo Alto desde finales de los cincuenta. A mediados de los ochenta el barbasco mexicano era una materia prima marginal; Proquivemex se liquidó al final de la década. En las zonas de recolección, la planta volvió a ser una raíz silvestre sin precio.
Coda
La cadena del barbasco es un caso de libro de lo que los economistas llaman cadena de valor con el valor en un solo extremo, y su historia ha sido escrita sobre todo desde esa perspectiva —el libro de Gabriela Soto Laveaga, Jungle Laboratories, es la mejor entrada—. Pero es también una historia de química: de una degradación de cinco pasos lo bastante elegante como para sostener una industria mundial durante treinta años, y lo bastante frágil como para desaparecer cuando una fermentación microbiana la superó en coste. Las moléculas no tienen nacionalidad; los rizomas, sí. Ese es el problema que la cadena nunca resolvió.